Uno de los conceptos que ha recibido más atención en la psicología de los últimos años es el de “resiliencia”. Básicamente, hace referencia al grado de “dureza psicológica” de una persona ante eventos estresantes y a su capacidad para resistir y afrontar adecuadamente la adversidad. Las personas con una alta resiliencia son capaces de adaptarse a circunstancias que pueden suponer un desafío, movilizando una amplia gama de recursos cognitivos y emocionales con los que atender a los retos que se les plantean. En este sentido, se trata de personas que pueden identificar cuáles son las demandas que plantea un evento potencialmente estresante, que cuentan con estrategias adecuadas de solución de problemas y que, de manera flexible, consiguen ajustar su respuesta emocional a lo que requieren los acontecimientos, por ejemplo, generando emociones positivas y manejando adecuadamente las negativas. Son algo así como la “élite del afrontamiento”, es decir, personas que a pesar de haber pasado por experiencias potencialmente dolorosas y traumáticas, como una enfermedad grave, eventos y situaciones en los que se han visto en peligro o circunstancias interpersonales y sociales adversas, han logrado salir adelante, muchas veces fortalecidos.
Es obvio que la amplia atención que está
recibiendo hoy en día el concepto de “resiliencia” tiene mucho que ver con las circunstancias
en las que se encuentra nuestra sociedad. Por un lado, hace unos años, la queja
era que -en un contexto donde parecían desterradas muchas de las dificultades
que habían soportado generaciones pasadas- la población acabaría siendo cada
vez menos resiliente; es decir, que las generaciones futuras acabarían
“ahogándose en un vaso de agua”, porque casi no habría ocasiones para “endurecerse”
afrontando circunstancias adversas. Pero hoy en día, parece que el contexto –la
“sociedad de la crisis”- ha cambiado radicalmente, y si la resilencia está “de
moda” no es sino porque gran parte de la población se ha visto en la necesidad
de hacer frente a acontecimientos que son ciertamente adversos. Se trata, por
tanto, de uno de esos conceptos que pueden caracterizar no sólo a individuos
concretos, sino que en cierto modo funciona como un “termómetro” de la
sociedad, reflejando el nivel de demanda implícito en las circunstancias.
Ahora bien, más allá de estas implicaciones
psicosociales, la capacidad de resiliencia, como no podría ser de otra forma,
tiene un sustrato neurológico. Tales correlatos cerebrales no nos dicen
“qué es eso que llamamos resiliencia” –lo que sería tarea de una investigación
más filosófica- y tampoco permiten identificar “dónde se aloja” esta capacidad,
a la manera de la frenología. Al contrario, la neuroimagen de la
resiliencia lo que nos permite es conocer mejor cómo funciona el cerebro
de las personas con alta resiliencia, es decir, cuáles son los mecanismos de
procesamiento y regulación emocional que se activan en ellas al afrontar tareas
que requieren de esta capacidad.
En esta línea, Reynaud et al. (2013) han
llevado a cabo una interesante investigación, en la que por vez primera se
consigue identificar los mecanismos neurológicos que subyacen a la
resiliencia, asociando el funcionamiento de algunas estructuras cerebrales con
este rasgo psicológico. En su estudio, realizado en Francia, participaron 36
bomberos profesionales que no presentaban problemas de salud física o mental.
Tal y como sugieren los autores, el hecho de que la muestra empleada estuviera
compuesta sólo por hombres, que además pertenecían a un grupo profesional
acostumbrado al manejo de situaciones complicadas y arriesgadas, puede suponer
un sesgo en los resultados. A ello hay que unir como limitación el reducido
tamaño de la muestra, lo que hace que los resultados deban ser tomados con
cautela.
Como parte del procedimiento experimental, los
participantes cumplimentaron una serie de medidas psicológicas, entre ellas una
escala destinada a evaluar su grado de resiliencia (Dispositional Resilience
Scale, DRS-15). Seguidamente, mediante el procedimiento de imagen por
resonancia magnética funcional (fMRI), se trató de identificar qué áreas
cerebrales se activaban en los sujetos cuando escuchaban durante 80 segundos
una grabación en audio de carácter relajante (“condición de control”) y, tras
un intervalo de 30 segundos, otra grabación –también de 80 segundos de
duración- en la que se narraba la escena de un accidente (“condición
traumática”). Mientras estaban en el escáner, se pedía a los participantes que
no sólo escuchasen las narraciones, sino que además trataran de visualizar e
introducirse en las escenas, sintiendo las emociones que les inducían cada una
de ellas.
Los investigadores lograron detectar que
mientras los participantes estaban inmersos en la escena traumática había una activación
significativa de la amígdala derecha, la ínsula derecha y el córtex
orbitofrontal izquierdo, en comparación con la condición relajante. Además, en
la “condición traumática” se encontró una asociación significativa entre
las puntuaciones obtenidas en la escala de resiliencia y el pico de activación
de la amígdala derecha y el córtex orbitofrontal izquierdo, en el sentido de
que un nivel mayor de resiliencia se correspondía con una mayor activación de
estas áreas cerebrales. Por el contrario, en la “condición relajante” las
puntuaciones en resiliencia no se encontraban asociadas a la activación
neuronal de estas zonas.
¿Cómo se interpretan estos resultados? Según
los investigadores, los correlatos neuronales identificados reflejarían algunas
de las tareas implícitas en la resiliencia. Así, la amígdala derecha parece
estar implicada en el procesamiento afectivo de estímulos negativos,
mientras que el papel de la corteza orbitofrontal tendría que ver con la
articulación de conductas dirigidas a objetivos, existiendo una comunicación
bidireccional entre ambas estructuras. En el estudio de Reynaud et al. (2013)
la activación de la ínsula –aunque era mayor en la condición traumática- no
correlacionaba, sin embargo, con las puntuaciones de resiliencia. Según se
deriva de otras investigaciones, la asociación entre resiliencia y la
activación de la ínsula podría darse en aquellas situaciones que requieren la
integración de expectativas, más que en contextos emocionales estresantes como
el empleado en el experimento.
La investigación de Reynaud et al. (2013) nos
permite, en definitiva, conocer mejor el sustrato neurológico de
comportamientos complejos, como los implicados en la resiliencia, y de alguna
forma enfatizan la necesidad de activar una respuesta emocional adecuada ante
situaciones potencial o actualmente traumáticas o adversas. Cuál sea esta
respuesta seguramente dependerá de las demandas de cada situación; pero en
cualquier caso, parece que nuestro cerebro está más dispuesto a movilizar
determinados recursos en la medida en que somos más resilientes. Y, si tenemos
en cuenta que ésta es una capacidad que puede adquirirse, el mensaje es
ciertamente optimista.

